JOSÉ GILABERT CARRILLO  –  EL HABLA DE JAÉN                     


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Presentación del 'Vocabulario geográfico de Jaén'Vocabulario geográfico de Jaén © 2015
























 
 

En los últimos años ha aumentado el interés de los estudiosos por topónimos y gentilicios, lo que ha servido para que hayan ido apareciendo en diccionarios y enciclopedias términos que antes eran ignorados. Un interés que se extiende a otra clase de dictados tópicos, como locuciones y paremias e incluso cantares y chascarrillos. De estos dos últimos se recogen también algunas muestras por haber contribuido a la formación de seudotopónimos, seudogentilicios o dichos de diversa índole.

 

Figura relevante en este campo fue Camilo José Cela, que fijó una clasificación que distinguía entre gentilicios, paragentilicios y seudogentilicios. La diferencia entre los dos primeros está en que, así como los gentilicios derivan de un topónimo formal, sea actual o histórico, los paragentilicios (en palabras de su alumno, colaborador y continuador, el jienense Gaspar Sánchez Salas) «no son otra cosa que adjetivos de designación formados por sinécdoque y que no tienen como punto de partida para su construcción la raíz toponímica», pues derivan del nombre de otro lugar mayor o menor con el que se identifican. Véase el caso de los términos «serreño» y «campiñés»: «serreño», aplicado al de Beas de Segura, identifica la localidad con la Sierra de Segura de la que forma parte; y «campiñés», aplicado al de Villacarrillo, identifica a los habitantes de dicha localidad con una de sus partes, La Campiña.

 

Esta clasificación, aunque aceptada, no es seguida estrictamente por muchos especialistas, algunos de los cuales llegan a equiparar como sinónimos los términos paragentilicio y seudogentilicio. Otros, seguramente ante la propia escasez de paragentilicios, los clasifican junto a los gentilicios, como es el caso de Mª del Pilar Cruz Herrera, también alumna y continuadora de la obra de Cela. Por su parte, el seudogentilicio, que suele tener su origen en las localidades vecinas y muchas veces con intención peyorativa o burlesca, sirve para designar cada uno de los apodos o motes colectivos de una población partiendo de la deformación del gentilicio formal (pozanco) o de su interpretación (brevero); de la ubicación de la localidad (del Poyato) o de la procedencia de sus habitantes (alemán); de una leyenda (lagarto) o de un chascarrillo (pavo); de un cultivo (periche), de una actividad (pajero) o de una costumbre (ajoharinero); de un defecto físico (tuerto) o moral (falseta) y hasta de la forma de hablar (susio).

 

La importancia de obtener un catálogo lo más fiel posible de gentilicios estriba en la necesidad de precisión terminológica, incluso dentro de la misma localidad, pues sus habitantes ignoran con frecuencia parte de los términos que los distinguen. Los especialistas reclaman también, para los distintos tipos de gentilicios, una información que dé cuenta del origen de la palabra, de la población a la que se aplica, de dónde se utiliza y dónde se origina; que exprese si se trata de registros cultos, neutros o populares y que indique el contexto sociocultural de los hablantes. Las dificultades son aún mayores en el caso de los seudogentilicios, voces de transmisión eminentemente oral, de carácter más subjetivo y cuyo uso está reducido a un pequeño espacio geográfico.

 

En esta disciplina y en el ámbito de Jaén hay que destacar, además de los dictadólogos citados al principio, a José María Becerra Hiraldo por la labor de estudio de los gentilicios populares, dentro de su interés por la recuperación del vocabulario dialectal de la provincia de Jaén y las lenguas especiales de Andalucía. Un interés compartido por el bailenense Francisco Antonio Linares Lucena, como demuestran sus estudios sobre la toponimia, el cancionero, el léxico de Bailén y Andújar, los vocabularios especiales y el habla de las comarcas nororoccidentales de la provincia. Asimismo es digna de elogio la ingente colección de dictados tópicos reunida por el capitalino Manuel Urbano Pérez Ortega, enriquecida con informaciones y comentarios propios, que se publicó en el año 2000 bajo el título Hay quien dice de Jaén, fascinante libro que bien merecería una reedición que lo ponga al alcance de todos.

 

Entre los gentilicios, tienen carácter culto los términos derivados de denominaciones históricas (aurgitano / urgavonense). En cuanto a sus desinencias, -ense / –iense (perogilense / hinojariense) tienden a ser de carácter culto. Esa misma resonancia tienen –edí / –etí (ubedí / ubetí) y –íe (gevalcantíe). En cambio, –ango (moralango), –ato (jimenato), –ezón (albanchezón), –uco (ciruco), udo (jamilenudo), –uno (carchuno), –urro (albanchurro) y  ‑usco (bañusco), tienen un aire coloquial que los sitúa en la órbita de los seudogentilicios, aunque no lo sean. Por su parte, los sufijos –ano (baezano), –eño (marteño) y –és (jaenés) son más bien neutros. Carácter más popular tienen –ero (guarromanero) y –iego (villariego) y las síncopas (andujeño); condición que se acentúa en las aféresis (royeño), la pérdida de la «d» intervocálica en las terminaciones –edo (morale[d]o) o –udo (jamilenú[d]o) y la de «r» en el grupo «rg» (villa[r]gordeño).

 

Uno de los fenómenos más interesantes es el de los seudogentilicios que pierden su carga peyorativa y pasan a ser acogidos como seña de identidad por la población aludida. Es lo que ocurre con los términos cazorlica (Cazorla), culipardo (Marmolejo) o lupiojo (Lupión). Más aún, en casos como torafejo (Iznatoraf), actúan como verdaderos gentilicios. Un caso extremo es el de Benatae, que carece de gentilicio, por lo que se vale del seudogentilicio nabero. Incluso, en algunos gentilicios como albanchurro (Albanchez de Mágina) y carchuno (Cárchel), parece intuirse una pasada naturaleza de apodo. En este punto, conviene distinguir entre gentilicios populares y seudogentilicios, muy fáciles de confundir, pues los primeros «suplen con naturalidad al gentilicio y de alguna forma derivan del topónimo oficial o usual» (Sánchez Salas). Este sería el caso de albanchezón (Albanchez de Mágina) o de casillero (Chilluévar), cuyo anterior nombre era «Las Casillas de Chilluévar», conocido popularmente por «Las Casillas».

 

A los topónimos se les puede aplicar lo dicho al hablar de los gentilicios, pues también es preciso distinguirlos de los seudotopónimos, por ejemplo La Pava (Villanueva del Arzobispo), que no hay que confundir con los topónimos populares, por ejemplo Santiaguillo (Santiago de Calatrava). Y también aquí, los expertos aspiran a recoger toda la información etimológica, histórica y popular de las distintas denominaciones.

 

Este catálogo relaciona los topónimos mayores de la provincia de Jaén, entre los que se cuentan todos sus municipios ordenados alfabéticamente y, dentro de cada entrada, sus topónimos populares y seudotopónimos, así como sus gentilicios, paragentilicios y seudogentilicios, con notas aclaratorias y comentarios, seguidos de las locuciones, expresiones, frases y paremias tópicas; y, por último, de las remisiones a otra localidad del Vocabulario geográfico o a otra entrada del Vocabulario general. Por exigir una labor excesiva, han sido excluidas las entidades menores (excepto las unificadas en un solo municipio en el bienio 1974-1975). La intención ha sido agrupar y clasificar los distintos términos, procurando que topónimos, gentilicios y paragentilicios se basen en datos fidedignos. Y, ya que no es posible proceder siempre así con los seudogentilicios, indicar una fuente solvente que los mencione. En todos los casos, el tamaño de la letra indica la importancia de su uso y un asterisco el término más utilizado, sea cual sea su raíz. En el caso de los gentilicios y paragentilicios, se marcan también en negrita los principales vocablos de cada étimo.

 

 

Madrid, 6 de febrero de 2016.
























































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